viernes, 29 de junio de 2012

Ser y no estar


Me repito que el amor mueve montañas, pero, ¿para qué moverlas si están bien donde están?
Somos la paz de los acolchados del mediodía.
Formamos parte del licuado más puro de rechazo y compasión.
Los dos igualmente imperfectos, inelegibles.
Si me ves inalcanzable es porque no subiste lo que yo bajé. No conocés.
Hoy: indestructibles. Mañana: vapor.
Fue la densidad del aire que nos desencontró. Fueron tus límites y los míos.
Somos la brutalidad de los diamantes. Brillamos de ausencia y de resignación.
Las sábanas de la siesta, las sogas de esa noche de angustia.
Miro y memorizo los límites que nunca voy a cruzar. Los aprendo para decirle al mundo que sí los atravesé.
Seamos incorrectos.
Seamos borrachos.
Seamos locos.
¿Qué importa el color del cielo si la lluvia nos hace inmortales? No hagas locuras, me dije, aprendé a querer lo que sos y lo que hacés.
El esmalte sirve de acuarelas en una noche desesperada. Y prefiero golpear la pared. No más sangre. Al menos por hoy.

-PPA

lunes, 11 de junio de 2012

Así de raro


Estoy al borde de los celos que existen y los inexistentes.
Al filo mismo de la locura que no puedo conquistar.
Y ya no entiendo lo que se nos pasa por la cabeza.
No entiendo nada pero no quiero que vuelva a pasar.

Siento que reflejas mi luz a la máxima potencia.
Siento que me volvés ridícula a más no poder.
Creo firmemente que somos muy diferentes.
También creo que no hay mucho que me quede por perder.

Porque un día soy la más desentendida.
Porque al otro todo lo que hago es especular.
Mientras escribo estas frases como despedida.
Mientras lo hago todo lo que siento vuelve a empezar.

Y tus palabras nunca concuerdan con tus acciones.
Y mis acciones nunca coinciden con lo que siento.
Por eso no nos entendemos. Puedo ser fuerte.
Basta. Basta. Basta. Si no te digo nada, no miento.

                                              -PPA


viernes, 1 de junio de 2012

Ebrios


Se me congelan las manos. Transpiro vergüenza. Escucho el gotear de la canilla. Monótono, seco, triste. Éstas cuatro paredes me ahogan, no lo puedo superar. Por un par de semanas ni entrar pude. Renunciaste en este maldito baño. Y me angustio tan solo de ver lo que dejaste ahí. Lo único de vos que aún me pertenece. Ahí quedo y no me animo a moverla, a tirarla, a guardarla, a tocarla… Así me mira con sus hojas oxidadas, tu nociva máquina de afeitar.
Primero pensé en usar el baño de abajo, todo para evitar entrar ahí, donde ese pedazo de plástico me corta el aliento, me sofoca, me anuda los pulmones, me nubla la vista. Me mira y me acusa. Es una locura. Lo único que pude hacer fue tirarle una toalla encima, como cuando tapo los cadáveres de cucarachas  que no me animo a levantar. Quise pensar que no estaba ahí, que no estabas ahí.
Cada vez siento menos mis dedos, ya no transpiro. Mis ojos se llenan de lágrimas. Inhalo, aún siento tu perfume. Exhalo, no me alivia. Y al fin comprendo: extraño cómo nos veíamos juntos. Extraño tu manía de dejar la canilla abierta. Extraño tu pelo enmarañado. Extraño tus chistes. Extraño tu voz. Extraño el ruido de tus llaves en la puerta. Extraño tu ebriedad, mi ebriedad, nuestra ebriedad. Extraño tu libertad. Extraño tus celos. Extraño tus ojos tristes. Extraño cómo te afeitabas mientras te preparaba un Fernet. ¿Por qué renunciamos?

-PPA