domingo, 10 de noviembre de 2013

NYC (Visita a Harlem)


 

Emoción: lo más parecido a algún Dios

El ruido de la calle suele interrumpir el sueño muy temprano: es apabullante y molesto. Pero hoy, hoy es muy distinto. El cielo brilla como desde que arribamos a la ciudad, en un puro azul fugaz, y la tranquilidad es casi total. Es una de las ciudades más pobladas y ruidosas del mundo y se escuchan un par de pajaritos cerca de mí ventaba: creer o reventar. Esta vez lo que me despierta es el ruido de mi estómago deseoso de un potente desayuno. Aunque potente para hoy: tostadas con queso gusto a frutilla, bandejas de frutas, capuchino con crema y algún que otro jugo exótico. Es domingo y la gente de la ciudad desaparece, sólo quedamos los turistas, incansables y curiosos, abrigados y desabrigados, simpáticos y arrogantes.
Harlem es una ciudad de por más hermosa. Si en algún momento desconfié fue por puro prejuicio. La mayor parte de la población de esta ciudad es gente de color. Por supuesto que, dentro de nuestra ignorancia, esperábamos otra cosa, algo feo, desarreglado y peligroso. Las casitas altas con escalera al estilo “Oye, Arnold!” son pintorescas. El sol que se asoma cada vez más fulgoroso detrás de sus techitos de teja crea a cada paso imágenes dignas de ser fotografiadas. El viento parece guiarnos hacia la bajada más cercana, o por lo menos se lleva volando nuestro mapa para allá. Miro mis pies mientras camino las cuadras que me dirigen hacia una de las iglesias bautistas más importantes: no hay un solo papel o cigarrillo en el piso.

La iglesia es sugestiva por fuera e imponente por dentro. Los autos que se acercan dan paso a mujeres vestidas de gala, con sus vestidos brillosos y abrigos peludos, y a hombres de smoking reluciente y zapatos que parecen espejos caminantes. Esta fiesta, llena de rouge y perfume, emoción y música triunfal, es nada más y nada menos que su misa dominical. Las tres horas de cola valieron la pena. Es claro que ir a una misa en East Harlem un domingo es por lejos una idea original. Hombres de traje negro y guantes blancos ubican a los perdidos turistas en el piso más elevado de la iglesia. Ésta, es un círculo perfecto, con piso bajo y piso alto. En el piso bajo se encuentra el altar y, en frente, los feligreses locales. En el piso alto se encuentra el coro gospel, por encima del altar, y hay 3 gradas con turistas. No es como un estadio de fútbol. Las gradas son asientos de madera brillosa, acolchonados y predispuestos de manera ordenada.  La misa comienza, y un par de turistas que permanecen sentados reciben la corrección de los muchachos de negro, cuestión de respeto.   Entre ellos, un brasileño a mi derecha ve rodar por la escalera la manzana que guardaba en su saco por temor a que se la saquen. Cada uno con su tema, adiós manzana.  

Un órgano imponente, por su tamaño y por su sonido nos provoca piel de gallina. El coro va apareciendo, como ángeles perdidos, con voces que generan estruendos en el corazón de cualquiera. Aún no estoy segura   en lo que creen o dejan de creer pero, sin dudarlo, lo siento. Cada uno de los sermones, en un inglés de por más comprensible, tiene respuesta en sus feligreses. Es tan fervoroso que uno no sabe como reaccionar. La audiencia solo grita “yeah, yeah!”. “¿Por qué Dios eligió Galilea?”, se pregunta uno de los oradores generando una interesante discusión con él mismo. “¿Por qué Galilea si Nueva York tiene los mejores negocios, las mejores marcas, un restaurante en cada esquina? ¿Por qué?”, continuó. ¿Por qué?, nos preguntamos los turistas en veinte idiomas distintos. “Jesús eligió Galilea, una ciudad que vive de la granja y la pesca, para mostrar la sencillez del hombre que pertenezca a su rebaño”, finalizó. Un silencio atroz se apoderó del lugar. La idea no es predicar o juzgar nada, simplemente la reacción que cualquiera puede tener en ese lugar. La sensación de banalidad perdida, la seguridad del más allá. Como siempre, todo dura mientras estás en el lugar pero, ¡qué manera de correr mi sangre por las venas! Lo que puede ser algo eterno como una misa de 2 horas, se vuelve lógico, útil, enriquecedor. Todo es energía y jolgorio hasta que aparece una imponente mujer negra, calculo de 2 metros por 2 metros, con un solo para el recuerdo. Casi se desmaya con tanta energía dentro.


 Nunca sentí algo así en una iglesia. Nunca oí a nadie tener a Dios de musa para su música con tanta efervescencia. Ya no pasa por creer o no creer, pasa por el amor a la armonía. Son melodías y agudos que te estrujan el alma. Un fulgor estruendoso sale del corazón, como queriendo decir algo. Como golpeando la puerta para que le abran. Las películas tenían razón, por fin. Esto te eleva. Mi garganta se comprime en un nudo ácido. Mi estómago se estremece. Mis ojos arden y no lo puedo evitar. Lloro. Con lágrimas nunca tan dulces como hoy. Probablemente nada cambie en mí ni en el mundo, pero es lo que se me sale hacer: llorar. 
                                  
                                                            -PPA

domingo, 3 de noviembre de 2013

Crónica de NYC (Primera parte)

Sentimientos desde el norte

Un viaje puede ser una huida, un reencuentro. Puede conectar personas, romper alianzas o, simplemente, resultar indiferente. En ocasiones renueva lazos. En otras los rompe sin piedad. Pueden ser el comienzo de algo inesperado, o su fin inevitable. Es la fuga de lo cotidiano, de lo rutinario. Es una fuente constante de sensaciones, de vivencias, de reflexiones. Incluso puede representar un quiebre en la vida, o una suerte de fuerza ayudante para tomar las decisiones más duras. O tal vez sean simples viajes, y tan solo eso. Pero me niego a creerlo. Los viajes son increíbles generadores de sensaciones encontradas, de sentimientos chocantes, ya sea pisando otra ciudad, otro país u otro continente. No es necesario atravesar miles y miles de kilómetros. El viaje no está únicamente en cambiar de lugar físico, es un viaje mental, emocional y espiritual.

¿Cuántas veces intenté escapar de aquel problema viajando sin sentido? Miles. Miles de veces. Y nunca funcionó. Nunca hasta que tomé la decisión de que mis emociones y mis reflexiones viajaran conmigo. Abierta a encontrarme con sensaciones únicas, o con el aburrimiento absurdo de lo ya conocido. Con la expectativa de que mi alma se estremezca, pidiendo clemencia, agitada por pasiones indescriptibles, asombrada por el mundo exterior. Totalmente expuesta a lo que suceda o deje de suceder. Sé que corro el riesgo de frustrarme, de no encontrarme con nada de ello. De cruzarme con otro mundo gris, caótico y lejano como el propio. De caer en la inocencia total. De perderme en mi curiosidad prejuiciosa. Pero ahí estoy, tomando el avión, esperando que miles de olores, de sonidos y de imágenes se metan por mis poros y me quemen la cabeza. Buscando un mensaje del que no estoy segura, pero aún así ansiosa de encontrarlo. Es una esperanza que llega hasta los huesos.

De norte a sur, de este a oeste. Católicos, judíos, protestantes. Altos bajos, occidentales, orientales. El mundo está lleno de diferencias, de exotismos, de gente. El mundo está repleto de gente. Colmado de culturas, de conocimientos, de impresiones. Pero… ¿tan distintos somos?
 “El amor es universal”, dice esa frase que todos conocemos y que sigo a raja tabla desde que la escuché por primera vez. Por más diferencias que haya fragmentando el planisferio en mil pedazos, es el amor en sí, el amor a algo o a alguien, aquel que resulta nuestro denominador común. No lo que sentimos, pero sí la capacidad de hacerlo.

Existe una llamada “jungla de concreto donde los sueños se hacen realidad”. Es una canción aunque parezca la venta de un paquete turístico. Todo en estas calles es alcanzable, mágico, cercano. En la noche, las luces te invaden como luciérnagas que se meten dentro de tu cuerpo, y el  pecho se te abre, se te llena de algo que no sabes bien qué es.  

A ese lugar sin comparación, donde lo desagradable se ve lindo. A ese lugar, donde la basura engalana y la multitud apurada es pintoresca. Donde hay mendigos con talento. Donde el ruido del tráfico es una sinfonía. A ese lugar elijo hoy. Abierta, disponible, frágil. Dispuesta a sentir cada parte de su aire, oler cada gota de su hedor, sentir, vivir sus maneras. Sin saber lo que pueda pasar, sabiendo que mis sentimientos están en jaque.

Es la Gran Manzana. La ciudad que nunca duerme. La Capital del mundo. La ciudad Imperial. La protagonista de miles de películas, de las canciones más emocionantes jamás inspiradas en una ciudad. La musa de miles de autores, escritores, intérpretes… quizás mi musa. Ojalá mi musa.


                                                                              ... PPA